Felices Pesadelos
O blog do Club de lectura da Biblioteca do IES Moncho Valcarce
Feb
24
Algo para ler:Microrrelatos
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Ednodio Quintero: “Tatuaje”, en Grandes minicuentos fantásticos, Alfaguara.
Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La felicidad de la pareja fue intensa y, como ocurre en estos casos, breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad [...] y una tarde [...] emprendió el ansiado viaje a la eternidad [...]
El dolor de la mujer fue intenso y, también, breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.

La rana que quería ser una rana auténtica, Augusto Monterroso.
Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica. Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.

 

Arthur Conan Doyle

Me arrellano en mi sillón junto a la chimenea donde crepita el fuego, con la copa de coñac en la mano derecha y la izquierda caída, descuidadamente, acariciando la cabeza de mi perro…hasta que descubro que no tengo perro.

 

 

Las vigas de agua, anónimo de Camerún.
El jefe de los manes, que se llamaba Zameyo – Mebenga, hizo saber que daría su hija en matrimonio a aquel que le trajese unas vigas de agua.Todos gritaron:-¡Vigas de agua! ¡Esto no es posible!Sólo la tortuga, el animal de las mil soluciones, aceptó la propuesta del jefe. Se dirigió hasta el río, empezó a chapotear en el agua con sus patas y le envió un mensaje a Zameyo – Mebenga, que decía:-Las vigas de agua están listas. Que me envíe rápidamente una cuerda de humo de su pipa para atarlas. Y se las haré llegar de inmediato.El jefe de los manes dio su hija a la tortuga.

 

El espejo que no podía dormir de Augusto Monterroso el-espejo-triste.jpg

Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.

Anónimo: “El espejo chino”

Un campesino chino se fue a la ciudad para vender la cosecha de arroz y su mujer le pidió que no se olvidase de traerle un peine.

Después de vender su arroz en la ciudad, el campesino se reunió con unos compañeros, y bebieron y lo celebraron largamente. Después, un poco confuso, en el momento de regresar, se acordó de que su mujer le había pedido algo, pero ¿qué era? No lo podía recordar. Entonces compró en una tienda para mujeres lo primero que le llamó la atención: un espejo. Y regresó al pueblo.

Entregó el regalo a su mujer y se marchó a trabajar sus campos. La mujer se miró en el espejo y comenzó a llorar desconsoladamente. La madre le preguntó la razón de aquellas lágrimas.

La mujer le dio el espejo y le dijo:

-Mi marido ha traído a otra mujer.

La madre cogió el espejo, lo miró y le dijo a su hija:

-No tienes de qué preocuparte, es muy vieja.

René Aviles Fabila

Como no quisieron pagarle sus servicios, el flautista, furioso, decidió vengarse raptando a los niños de aquel ingrato pueblo. Los conduciría por espesos bosques y altas montañas para finalmente despeñarlos en un precipicio. Sus padres jamas volverían a verlos. Para ello no era suficiente su flauta mágica, sino algo más poderoso. Optó, entonces, por encender el aparato televisor. Los niños, encantados, lo siguieron hacia su perdición.

El baile de la muerte. Anónimo
Dos príncipes se enfrentaron en una brutal batalla. Uno de ellos, el que se había sublevado contra el otro, fue vencido y puesto en cautiverio. Él sabía que, tal como prescribían las leyes del imperio, le tenían que cortar la cabeza. Sin embargo, al tratarse de un príncipe de alta alcurnia, el vencedor lo instaló en un palacio e hizo que lo tratasen de acuerdo con su rango. Sirvientes, músicos y bailarinas lo rodeaban, y su cautiverio parecía afortunado.
Pero el príncipe cautivo, que sabía que iba a morir, conservaba un rostro triste entre tantas fiestas. Así pasaron semanas, meses, hasta el día en que el rebelde condenado le hizo llegar un mensaje al vencedor, en el que le pedía por piedad una muerte rápida.
Al día siguiente, el vencedor invitó al vencido a su propio palacio. La comida, la música y los bailes les parecieron incomparables a todos los invitados. Excepto al vencido, que mantenía el rostro triste y que de repente gritó:
-¿Cuándo me darás muerte?
- Ya viene –contestó el vencedor-. Mira, he aquí el primero de mis verdugos.
Un formidable hombre enmascarado, que sostenía en su mano derecha un sable resplandeciente, entró en la gran sala y se puso a bailar. Bailaba con una fuerza, con una elegancia extraordinarias. Su espada volaba por los aires con gracia. Todos lo miraban fascinados, incluso el príncipe cautivo, cerca del cual el verdugo-bailarín pasó varias veces.
La maravillosa danza duró mucho rato, hasta que el cautivo, saliendo de su fascinación, le dijo al príncipe vencedor:
-Pero ¿cuánto tiempo dura esta danza? ¿Cuándo harás que me corten la cabeza?
El vencedor le contestó sonriendo:
-¡Pero si tú cabeza ya está cortada! Inclínate un poco hacia delante y verás cómo cae.

Salvador Elizondo: “Aviso”
La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarrasen al mástil.
Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
Entonces decidí saltar sobre la borda y saltar hacia la playa.
Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfodelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado